Sebastián Rosso - Archivo LA GACETA

“He aquí algunas de esas notas de mis vagares tucumanos. Lástima que en ellas falte el color” comentaba el pintor peruano Teófilo Castillo en LA GACETA del 25 de diciembre de 1921, donde publicó un breve artículo con varios dibujos a pluma de su autoría. Había llegado a Tucumán en plena madurez, apenas un año antes, y no viviría mucho más (murió en diciembre de 1922). Ese corto tiempo le bastó para dejar una huella decisiva en el ambiente cultural local. Notable exponente de la corriente “luminista”, la formación de Castillo había comenzado mucho antes con un par de maestros del arte europeo de su tiempo, William Bouguereau en Francia, y Antonio Ciseri en Italia. Luego de una estadía en España viajó a Buenos Aires, donde expandió sus dotes como director artístico en la afamada firma Witcomb, el estudio de fotografía más importante de la ciudad. 

Identidad criolla

Vuelto a su tierra, tomó partido por los movimientos artísticos que buscaban “modernizarse pero volviendo la mirada hacia adentro” y rechazando esa modernidad internacional que ignoraba las fronteras y diluía las identidades. Las historias y festividades locales pasaron a ser el eje de sus trabajos; así aparecieron las fiestas populares, los vendedores callejeros y las ceremonias religiosas. En Lima fue editor de revistas culturales e ilustrador en varias de ellas. Trabajó en la “Ilustración Peruana” y en “Variedades”, donde diseñaba sus portadas. En esta última, ilustraba la sección “Interiores limeños” en la que se registraban detalles de arquitectura y se reproducían piezas de mobiliario virreinal y de arqueología prehispánica. Su exaltación de la herencia colonial entraba en franca oposición a los modelos franceses y a las modernizaciones que venía demoliendo sin piedad los rasgos hispánicos característicos de las ciudades latinoamericanas. 

En Tucumán

Cuando, a fines de 1920, se traslada con su familia a Tucumán, contaba con 63 años. Sus energías estaban lejos de desfallecer. “Fiel a sí mismo, pinta, enseña, organiza, edita”, atrayendo a su alrededor a la comunidad artística e intelectual local. Aquellos principios de identidad continental que forjó en Lima permanecían firmes en su espíritu, cuando encaró la serie de dibujos a la pluma publicados en este diario. En el texto que los acompañaba, elogia la tarea llevada a cabo por Juan Kronfuss, otro apologista de la Colonia. 

Hace elocuentes sus ideas cuando dice “El alma de Tucumán palpita esencialmente en los cármenes floridos, que la circundan, cual anillo opulento de gamas bellas, en los mil rincones prodigiosos de luz y sombra, que constelan sus viejos hogares de resabio moro y sevillano”. Y no sorprende cuando descarta cualquier valor de los edificios más modernos de la ciudad, como el Hotel Savoy y la Casa de Gobierno. “Tucumán, pese a lo que se ha hecho por modernizarla, mejor dicho descastarla, pecado del cual participan todas las ciudades principales de nuestro continente, tiene intenso carácter”. Impresionado por el paisaje de la Quebrada de Lules, sostenía que para obtener en nuestra provincia “dibujos interesantes, sólo es necesario un poco de gusto y visión, un lápiz y una cuartilla de papel”.

Antes de su muerte, el amor por las publicaciones lo llevó a imprimir seis números de la revista “Sol y Nieve”, que fue un faro del desarrollo estético y la crítica cultural de nuestra joven provincia.